Cudillero y su anfiteatro natural

Este viernes comienza para muchos la Semana Santa. ¡Por fin! Y es que ya teníamos ganas de coger unos días para escaparnos, que desde la Navidad apenas hemos tenido festivos. Y como todos los años, alzamos los ojos hacia el cielo para intentar averiguar qué tiempo nos va a hacer durante estos días de vacaciones, ya sea para disfrutar de unas jornadas de playa, para programar unas excursiones por la montaña o para acudir a las procesiones de nuestros pueblos. Pues bien, según las primeras predicciones meteorológicas (parezco Mario Picazo), parece ser que vamos a romper con la tendencia de los últimos meses para dejar paso a unos días de inestabilidad, con lluvias y nubes en toda la península. Ya es casualidad, ¿no? Pura Ley de Murphy. Aunque lo más probable es que, al menos los primeros días, el norte sí se libre de los chubascos, así que, si aún estáis decidiendo dónde acudir estos días, la cornisa cantábrica es una buena elección. Y dentro de los cientos de pueblos maravillosos que se pueden encontrar en esta zona, os recomendamos la hermosa villa asturiana de Cudillero y su anfiteatro natural.

Seguro que la gran mayoría de vosotros habéis oído hablar alguna vez de esta localidad. Y es que Cudillero siempre aparece en las listas de los pueblos más bellos y pintorescos de nuestra geografía. Y razones no le faltan. Además, es uno de los municipios asturianos más visitados por los turistas que se acercan a pasar unos días de descanso al Principado. Y todo aquel que se acerca hasta aquí, se enamora de forma irremediable de esta villa marinera. Que ¿por qué? Vosotros mismos lo averiguaréis en cuanto piséis sus estrechas y pendientes calles. Pero os daremos unas pequeñas pistas relatando nuestra experiencia en Cudillero.

 

Cudillero es también conocida como la población oculta (tal y como la definió el escritor irlandés Walter Starkie durante sus viajes por España) porque su ubicación en una gran hondonada evita que el pueblo sea visible desde el mar y desde la montaña, algo muy ventajoso para esquivar los ataques de los piratas (no de los informáticos ;), sino de los que surcaban antiguamente el Mar Cantábrico). Y aunque este aspecto era más cierto hasta hace unas décadas, antes de que se construyeran los diques del puerto y antes de que el pueblo de extendiera por la ladera más allá del caso viejo, aún es necesario estar a pocos cientos de metros de la villa para tener la primera vista de Cudillero, que además, por no esperada, impresiona doblemente.

La disposición del caserío de Cudillero es muy singular: en forma de anfiteatro. Las casitas se asientan superpuestas unas sobre otras y apiñadas entre sí, colgando escalonadamente de la ladera a modo de graderíos; y la Plaza de la Marina se convierte, así, en el escenario en el que se concentra gran parte de la vida pública de cada día como si de una obra de teatro se tratara, cuyos actores principales son los vecinos del pueblo (los pixuetos y los caízos) y los artistas invitados, los turistas que inundan sus calles.

Esta disposición natural es lo que le da un aire muy especial al pueblo, no sólo para disfrute de nuestra vista, sino también para recorrerlo a pie. Porque visitar Cudillero no puede limitarse a llegar a la Plaza de la Marina y degustar los sabrosos mariscos y pescados en los numerosos restaurantes que la pueblan, algo por otra parte casi indispensable (os recomiendo el curandillo en salsa). Si queréis conocer bien esta villa marinera y admirar sus impresionantes panorámicas, debéis poneros un buen calzado (y si me apuráis, una bombona de oxígeno ;)) para empezar a subir y bajar escaleras. Unas barandillas azules nos guían por los distintos recorridos (lo mejor es no seguir ninguno en concreto, sino dejarse llevar por la intuición e ir descubriendo paso a paso cada rincón) que permiten disfrutar del pueblo desde distintos ángulos.

Varios son los miradores dispuestos a lo largo del camino, y cada uno de ellos nos da una vista distinta de Cudillero, aunque quizás el más impresionante, por la altura que tiene, es el Mirador de la Atalaya. Si padecéis algo de vértigo como yo, puede que os cueste subir sus escaleras de hierro en forma de caracol, pero alcanzar “la cima” y divisar el pueblo desde este punto merece verdaderamente la pena y nos hace olvidar el miedo previo. Eso sí, luego hay que bajar de allí…

 

Gran parte de la economía de Cudillero se basa en el turismo, pero no hay que olvidar que desde sus comienzos ha sido una villa de pescadores. Y eso es algo que sigue aún muy latente: en la conservación de su puerto viejo (por el cual los antiguos pescadores sacaban sus barcas en días de temporal ocupando toda la Plaza de la Marina), en la policromía de las casas (éstas solían estar pintadas del mismo color que las embarcaciones de sus propietarios), en los curandillos que penden de las fachadas a modo de ropa tendida, en las grandes redes que cuelgan de una de las paredes de la plaza del puerto, o en el pescado fresco recién capturado que podemos comprar en alguna de sus pescaderías o degustar en la rica gastronomía cudillerense.

Ah, cierto, que no os lo había dicho, y seguro que más de uno se lo ha preguntado. El curandillo es un pequeño tiburón que sólo nada en aguas de esta localidad asturiana y en el mar de Escandinavia. Curioso, ¿verdad? Se le denomina así porque, una vez limpio, se cuelga a la intemperie y se le deja curar durante unos meses hasta que está listo para comer. Después, basta con hidratarlo con agua durante unas horas para empezar a cocinarlo.

¿Que también queréis saber quiénes son los pixuetos y los caízos? Hoy estáis especialmente preguntones ;). Los primeros eran los cudillerenses que vivían del mar y ocupaban las casas más bajas, junto al puerto. Los segundos, por el contrario, se dedicaban a otros menesteres relacionados más con la artesanía o la agricultura y ocupaban la parte alta del pueblo. Y aunque antiguamente había una gran rivalidad entre ambos, ya que los pixuetos disfrutaban de mayores privilegios, hoy día viven en total armonía ofreciendo al turista que se acerca hasta esta hermosa villa su cara más amable y acogedora.

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